jueves 5 de noviembre de 2009

Dos formas de dar gracias

...con el ruido del viento y las hojas, uno parece comer junto al surco de los ríos...

El otro día me encontraba comiendo en el parque de Berlín (las razones no vienen al caso), parque que siempre me ha parecido enigmático y lánguido, perfecta consonancia del otoño. Como comprenderán todos los que han salido a la calle estos días, estaba con el abrigo largo, retorciéndole el cuello para parecerme cada vez más al corto maltés, y con la mochila sobre el banco. Saco la tartera envuelta en bolsas de supermercado, contentísimo de los tímidos rayos de sol que entre las nubes pasajeras,

... y pienso que el aire le da vida a las cosas alrededor. El movimiento de las cosas demuestran, no de manera comprensible, el ritmo con que se puede mover la naturaleza, y envuelto con el viento sur como rosas de papel, una niña se detiene, con miedo ligero de una sonrisa. Deja una moneda y se va sobre la hojarasca herrumbrosa de estos días, con el mismo sonido que si caminara sobre un charco de estrellas sobre el agua...

y una señora me da una moneda. Inmediatamente, pues pensaba en comprarme una coca-cola y no lleva suelto (da rabia sacar veinte euros sólo por una bebida que no sea alcohólica) lo primero que atiné a decir es “gracias”, de manera natural, y creo que hice bien. La señora se fue, creo que con algo de prisa, pero estoy seguro que atinó a escucharme. Y aquí la razón de estas líneas, pues no veo ofensa alguna en que me lo dejara, pues comprendí, viendo el viento a mi alrededor, con el frío tímidamente entre los huesos, que no hay ofensa alguna en que se alguien se preocupe y piense que me hace un favor, que con ese euro me podía comprar un café, o una barra de pan, o ahorrar para una manta. Normalmente vamos a casa, y si bien todos tenemos problemas, nos olvidamos de que la naturaleza también tiene sus formas de expresión, y que ese frío que traspasa los cristales es terrible ahora para los vagabundos, que saben más de la lluvia que el rastro de agua que en los cristales. Nos olvidamos a veces de que vivimos en cuarteles de invierno

...cuando la recuerdo irse, tan contenta como el romper de los claveles, me sorprende, me emociono. Esta noche la lluvia no pesará tanto. Ya me he acostumbrado a mi rincón bajo los árboles del parque, pero aun no me acostumbro su imagen. Y entre viento y duermevelas, trasnocho felizmente...

y que afuera la vida es frágil, como muchas hojas que el viento arrebatara de alguna tumba anónima. No creo que todos tengamos el deber de darle algo a un mendigo, o a quien lo necesite, pero sentirnos ofendidos si hacen eso con nosotros, tampoco (obvio las alevosas ofensas, claro está). No se si tendrán la culpa los mendigos o no de lo que les pasa, pero la buena voluntad no requiere de ridículum vitae. Yo no me sentí ofendido. Entendí perfectamente a la señora, y entendí perfectamente lo que eso significa para quien lo recibe. Una lección de humildad que el invierno enseña y al cual permanecemos ajenos dentro de nuestra torre, ya sea de luces o de sombras.

...el viento seguirá soplando, y no sé en que me gustaré esta moneda, pero si la poesía imita al arte, y las estrellas guían a los viajeros, de alguna manera, princesa sobre las hojas escarchadas, bailarina liviana sobre el viento, sonrisa del otoño: gracias.

PD: “NO SOY VAGABUNDO”. Llevaba un abrigo grande y azul grisáceo, y con el pelo enredado con el viento, la bolsa del día y acurrucado de frío, la señora pensaría que lo era. Pero repito, no quiero juzgar a los vagabundos. Los comprendo un poco pues las tentaciones son muy fuertes, y estamos vivos, y mortales. (bis: si fuera un vagabundo con internet, en ese mundo no abría vagabundos).

4 comentarios:

Mijel... dijo...

Si empieza a ser lioso, leer primero el texto en cursiva, pues es mi primera forma de dar gracias (en prosa que intenta ser poética). Luego leer la que no está en cursiva, que es mi explicación de la situación, donde explico por qué doy gracias, que es otra forma de dar las gracias.

Y para quienes os pasean por aquí: GRACIAS

Lalaith dijo...

Me alegro de que no te sintieras ofendido, yo no habría reaccionado igual.

Antonio dijo...

Ya tienes algo más en común con Bukowski. Es una anécdota en la que no ha habido mala leche de por medio, por lo que es para reírse y no cabrearse.
Se te olvida que con ese euro también te podías haber comprado un cartón de vino.
Otro día nos lo compramos y degustamos la caricia gélida del viento bajo la caduca lluvia de hojas en un parque.

CRISTINA dijo...

Yo tampoco me habría ofendido, ¿por qué ibas a sentirte ofendido? ¿por un buen gesto de alguién, aunque ese alguién no tenga muy buena vista?
Por cierto, graciosa la post data aclarando que no eres un vagabundo, jajajaj...

Y he leído los trocitos en cursiva mientras sonaba el bonito tema del post anterior. Un lujo, el texto y la música.

Besos